Pigmalion Y Galatea

Pigmalion y Galatea

Pigmalion Y Galatea
Pigmalion Y Galatea

Después de ofrecer sus plegarias a Afrodita, Pigmalión regresó a su estudio con la cabeza baja. Había dedicado tantísimos años a la factura de mujeres de piedra y marfil, que se había olvidado de conseguir una que respirase algo más que polvo de galería. Encerrado, como ya le era habitual tras largos años de profesión devota, se dejó envolver una última vez por las sombras en la soledad.

Con pasos pesados se adentró en el alboroto de piezas engendradas, que permanecían en resguardo hasta encontrar una mazmorra más decente que decorar. Su obra maestra estaba en el centro del estudio: soberbia y magnífica, Pigmalión no encontraba falla alguna en la mujer que había raspado del marfil. En un arrebato de éxtasis por la perfección de la figura, el escultor se lanzó a besarla. En ese instante, sintió los labios de piedra humedecerse, y el peso del material poco a poco se hizo de carne.

La imagen de la mujer de marfil que respiró por la gracia de Afrodita llamó la atención, siglos después, a Jean-Léon Gérôme. Fascinado, como estaba, por las culturas orientales-arábigas, tomó un respiro del influjo no-occidental al que había dirigido su trabajo por tantos años para fijarse en los pliegues poéticos del mito griego. Es por esto que captura el abrazo de la mujer de marfil con su escultor, en la obra que tituló sencillamente Pigmalión y Galatea (1890): se ve la transformación de la piedra a la carne, siendo que la figura femenina ya tiene la flexibilidad que los músculos permiten, pero permanece aún aferrada a la base sólida que la había sostenido. La mujer de marfil respira.

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